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El efecto favorable en los criterios sociales de la lucha contra el cambio climático

Los países en vías de desarrollo sufren fuertemente las consecuencias del calentamiento global. Combatirlo genera efectos indirectos positivos en sus poblaciones

Los criterios sociales se están haciendo un hueco en la lista de preferencias de los cada vez más numerosos inversores que se decantan por la inversión responsable.

Aunque el rey de la ESG continúa siendo lo medioambiental, la Covid-19 ha puesto de manifiesto la importancia de los factores sociales; como una obligación de las compañías con la sociedad.

Un compromiso cada vez más exigible y que de alguna manera ha venido a acelerar que cada vez sea más evidente que la raíz de la inversión responsable se afianza sobre la base de una reforma del capitalismo, en la que los beneficios solo son buenos si son compartidos.

Uno de los problemas con los que se encuentra el desarrollo de lo social es la falta de una taxonomía y de KPIs claramente definidos, que ayuden a visualizar fácilmente el comportamiento de las compañías y a hacerlas comparables entre sí.

En su ausencia, indicadores como la diversidad de género o racial -que también se ligan a la gobernanza- se reivindican como termómetros de buenas prácticas, pero el desarrollo de esta área será mucho mayor de cara al futuro, teniendo en cuenta que también se está convirtiendo en una prioridad de los reguladores.

Hasta entonces, también está la teoría de que el propio impulso de la lucha contra el cambio climático es un generador de valor social; en lo que se refiere, por ejemplo, a devolver a los países menos desarrollados una parte de lo que históricamente las economías avanzadas les han ido ‘robando’.

Y si con las cotizadas es algo ya imprescindible, también debería ser mandatorio en la justicia social geopolítica, si es que la ESG es capaz realmente de imponerla.

Los damnificados del cambio climático

De acuerdo con un informe de Crédito y Caución, las regiones en las que son más evidentes los riesgos climáticos también son algunas de las más desfavorecidas en términos de desarrollo económico. La suma de ambos factores es un detonante para que se dispare el riesgo país de esas economías.

«Los cambios en los patrones de lluvia, el aumento del nivel del mar y los desastres naturales afectan principalmente a los países de África y el Caribe y la región de Asia-Pacífico«, explica la aseguradora.

«Esto tiene un impacto negativo en el riesgo país, especialmente si existe una alta vulnerabilidad a que el cambio climático venga acompañado de una escasa capacidad a responder a sus consecuencias», avanza.

Los riesgos climáticos tienen una cuantificación tanto humana como financiera

Las consecuencias de esos riesgos tiene una cuantificación humana y financiera. La primera es que golpea directamente contra los ODS ‘sociales’ establecidos por Naciones Unidas, como son el fin de la pobreza, el «hambre cero» o la salud y «bienestar».

Así, una de las consecuencias más graves del cambio climático se percibe en las economías con alta dependencia del sector agrícola, que también figuran en la lista de las menos aventajadas.

Crédito y Caución elabora una lista de los treinta países donde el cambio climático puede producir un impacto más negativo en la alimentación: Eritrea, Madagascar, Niger, Antigua & Barbuda, Micronesia, Mali, Somalia, Burundi, Chad, Benin, Timor-Leste, Sudan, Congo Kinshasa, Papua New Guinea, Yemen, Saint Kitts & Nevis, Guinea-Bissau, Kiribati Comoros y Gambia.

El segundo es que una mayor apreciación del riesgo habitualmente se traduce en unas peores condiciones de financiación. Con un acceso al mercado mermado, las posibilidades de estas economías de impulsar su propio desarrollo o su proceso de descarbonización se pueden ver todavía más mermadas.

«Los países de bajos ingresos son los más vulnerables al cambio climático. Estas regiones carecen de recursos financieros y tecnología para aumentar su resiliencia y adaptarse a condiciones climáticas cambiantes», insiste Crédito y Caución.

Con los criterios sociales en la mano, en la ‘revolución verde’ los países más avanzados deben ser los que hagan un mayor esfuerzo para tratar de controlar el calentamiento global y repartir con la otra parte del mundo sus ventajas.

De hecho, la industria financiera ya está siendo sensible a que en materia de reducción de emisiones la velocidad no puede ser un estándar mundial.

Aunque todavía son pocos los compromisos de descarbonización de las carteras que ha ido dando la banca, por el momento, por ejemplo, el ‘grifo’ al carbón se va a cerrar antes en los países desarrollados que en los emergentes.

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