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Acordes y desacuerdos de Estados Unidos y Europa en vísperas de la COP26

Biden ha recogido el desafío de Von der Leyen con inversiones millonarias para la lucha contra el cambio climático en países en desarrollo. Europa, por su parte, se suma al proyecto contra el metano de EEUU. Pero también hay fricciones

Biden Macron Flickr White House

Pura geopolítica, con el liderazgo medioambiental en juego. Estados Unidos y la Unión Europea -con la mirada de reojo del británico Boris Johnson– compiten por marcar el paso en la estrategia global contra el cambio climático. Una pugna, unas veces soterrada y otras evidente, donde en muchas ocasiones tienen puntos en común. 

Unos acuerdos que pueden ser la base sobre la que se asienten las conclusiones de la ya inmediata Cumbre del Clima de Naciones Unidas, la COP26 que se celebra en apenas un mes, a primeros de noviembre, en Glasgow. 

En ese evento, Johnson será el anfitrión pero las miradas están puestas en las dos grandes potencias a uno y otro lado del Atlántico.

Sobre todo, por su capacidad para financiar iniciativas hacia la descarbonización más allá de sus fronteras, con inversiones millonarias en países en vías de desarrollo. Eso sí, con el “permiso” de China, que esta misma semana se ha unido a la pelea al anunciar que va a dejar de financiar nuevos proyectos ligados al carbón fuera de su país.

Sin embargo, son EEUU y la UE los que han puesto sobre la mesa cifras concretas. El presidente norteamericano Joe Biden aseguró esta semana durante su intervención en la Asamblea Anual de Naciones Unidas que va a instar al Congreso de su país a que apruebe una dotación de 11.400 millones de dólares para ayudar a naciones en desarrollo a que lidien contra el cambio climático. 

La UE, un paso por delante en fondos al desarrollo

“La mejor parte es que realizar estas ambiciosas inversiones no sólo es una buena política climática. Además, es una oportunidad para que estos países inviertan en sí mismos y en su futuro”, aseguró Biden durante su intervención en la sede de la ONU en Nueva York.

Esa cifra es significativamente inferior a las promesas de la UE, que ha criticado abiertamente a EEUU por ir con retraso en la lucha contra el calentamiento global, sobre todo porque la anterior Administración de Donald Trump dejó de lado el cambio climático, que no consideraba relevante. 

“En las conferencias de México y París, la comunidad internacional se comprometió a aportar 100.000 millones de dólares al año hasta el 2025. Nosotros cumplimos con nuestro compromiso. Europa aporta unos 25.000 millones de dólares anuales. Sin embargo, otros dejan una brecha abierta a la hora de intentar alcanzar el objetivo global”, se quejaba hace unos días la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen.

Europa y Estados Unidos vuelven a estar en la misma senda, en cuanto a inversión, y al mismo tiempo, empiezan a poner ‘baldosas’ compartidas en el camino hacia la descarbonización. Es decir, a cooperar.

Metas compartidas a futuro

De entrada, los dos bloques comparten objetivos claros en cuanto a reducción de emisiones de CO2. Ambas potencias económicas se han marcado el requisito de ser neutrales en emisiones de carbono en 2050. Tres décadas por delante donde Estados Unidos, tras los cuatro años de Administración Trump, ‘se ha puesto las pilas’ en los últimos meses. 

Mientras Bruselas ha marcado una clara hoja de ruta, con poder legislativo -aunque aún falta el armazón de directivas y reglamentos- para exigir que los Estados miembros lleguen a esa fecha con los deberes hechos, a través del plan ‘Fit for 55’. A finales de la presente década, la reducción de emisiones en el club europeo tiene que ser del 55 por ciento, respecto a los niveles que se alcanzaban en 1990. 

Estados Unidos marca una senda similar -aunque no tienen una hoja de ruta tan clara en cuanto a pasos intermedios, dado que esta tiene que ser pactada en las Cámaras (Congreso y Senado)- pero el fín sí lo tiene: reducir sus emisiones de gases con efecto invernadero en un 50 por ciento en 2030.

Y menos metano

Al margen de esa exigencia, que marcará las conversaciones de Glasgow, tanto Bruselas como Washington tienen claro que tienen que cooperar en otras cuestiones, como la rebaja en las emisiones de metano, la segunda principal causa del cambio climático por detrás del carbono.

Ambos bloques se han autoexigido una reducción del 30 por ciento de estas emisiones de cara a 2030 en comparación con los niveles que se alcanzaron en 2020. 

Una reducción de emisiones de metano que tiene que venir de la mano del sector primario (ganadería y agricultura) pero también del sector energético, ya que está motivada también por combustibles fósiles, como el petróleo o la minería de carbón, entre otras, además de instalaciones y redes de transporte, donde deriva de fugas, sobre todo, por el escaso mantenimiento de muchas de estas infraestructuras.

Precisamente, la energía es otro de los puntos donde ambos bloques están de acuerdo: la transformación de la producción energética hacia fuentes de bajas emisiones, como las renovables, con la eólica y la fotovoltaica como punta de lanza; y la investigación en nuevos combustibles como el hidrógeno verde.

Bruselas ya ha exigido que gran parte de los fondos del programa Next Generation EU se destinen al desarrollo de las renovables con la exigencia de que en 2030 más del 40 por ciento de la energía que se consuma en la UE proceda de fuentes renovables. Un objetivo que España ya consigue.

Biden aspira a lo mismo, llegar al 40 por ciento del consumo pero con algo más de tiempo, en 2035, sobre todo a través de energía solar. 

Diferencias en financiación y producción

La diferencia en este aspecto entre ambos bloques es cómo financiar la transformación hacia las renovables. Mientras la UE opta por la financiación directa, como los mencionados fondos Next Generation, la Casa Blanca se decanta por créditos fiscales para quienes ponen en marcha centrales de renovables. Una medida que, históricamente, ha sido el acicate que le ha permitido el desarrollo de la industria de los combustibles fósiles, especialmente en Estados del Sur del país, como Texas.

En cambio, sí plantean diferencias en cuanto a cómo desarrollar estas instalaciones.

EEUU apuesta por el proteccionismo y quiere basar el desarrollo de las renovables en su industria local, por ejemplo, con palas eólicas producidas dentro del país o frenando lo que considera competencia desleal de los fabricantes fotovoltaicos chinos, que producen los paneles solares -en ocasiones en otros países asiáticos- a mucho menor coste.

Un proteccionismo a la industria local que los operadores internacionales, como los europeos Vestas o Nordex han sufrido recientemente en su propia cotización

No en vano, el responsable de Avangrid, el negocio renovable de Iberdrola en Norteamérica, reconocía que la industria puede tener problemas para crecer si sólo pueden instalar equipamiento fabricado dentro de Estados Unidos. 

A ambos bloques les quedan, además, cuestiones pendientes, como si Estados Unidos seguirá el modelo de Europa a la hora de impulsar un impuesto en frontera para aquellas industrias que operan en terceros países con legislaciones climáticas más laxas y mayores emisiones de CO2, lo que les permite una ventaja competitiva en costes. 

De momento, hay acuerdos y desacuerdos entre los dos aliados y, como ha quedado patente con la crisis diplomática entre Francia y Estados Unidos por la disputa comercial en la venta de submarinos a Australia, también hay desconfianza.

Biden prometió en su llegada al Despacho Oval una nueva relación con sus socios. “America is back”, aseguró. De momento, las negociaciones en lo climático avanzan pero, como en todo, con flecos sueltos no siempre fáciles de resolver.

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